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  • Dr. Alejandro Salamonovitz

LA EXPERIENCIA DEL ANÁLISIS

En los institutos de "formación" de analistas, esta misión suele encomendársele a la co-misión de análisis. Es un hecho indiscutible que dicha comisión jamás podrá garantizar que los candidatos en análisis se analicen. La pregunta de cómo lograr que los analistas estén analizados insiste ante cada respuesta quebrada: es tiempo de cambiar la pregunta.


Ir más allá de la misión, ir más allá de la co-misión, es sentarnos a hablar de la trans-misión del análisis. Es decir, ir mas allá de la misión es justamente hablar de la experiencia singular de cada analizando, y ya no de un asunto universal, es decir, no es un asunto de universidad. Hablar de una experiencia singular invita a renunciar a las concepciones utilitaristas del psicoanálisis, para poderse sumergir en el juego. Ese espacio lúdico es el hogar de lo ominoso, lo mágico, lo onírico, recinto del duermevela, único lugar donde los fantasmas pueden ser escuchados. Jugar es jugarse con los otros por cosas que no “sirven” para nada. Es ex-ponerse, ponerse en otro lugar, descolocarse del discurso del saber como nuevo modelo de dominación. El análisis sólo se transmite cuando deja de servir. Justamente se trata de acabar con las servidumbres al discurso de la eficiencia. El cientificismo de nuestros apresurados tiempos modernos mas que una ciencia es una efi-ciencia. Poder jugar es cambiar la efi-ciencia por una ciencia y lo efi-ciente por lo que se siente. El juego es investigar jugándose. Por eso, el juego del análisis no es cualquier juego, su poder emancipatorio hace de él un juego muy serio. Tan serio que no puede ser arbitrado por el analista, por ese silencioso compañero de juego.


Cuando las comisiones de análisis se avocan a saber quién asiste a ver a un analista de tales o cuales credenciales, tantas veces por semana y durante tantos años, lo que hace es meter la mano ahí, donde no se puede tocar sin trastocar la ley de prohibición del incesto, sin trastocar el lenguaje de ese sujeto en advenimiento. Es meter un metalenguaje universalizante dentro de su lengua singular. El orden analítico se pervierte y con ello el análisis pierde su poder subversivo. En vez de una subversión, se logra una perversión. Cada fracaso analítico deja testimonio de un trágico desenlace en el que el anhelo de libertad de un candidato es transformado en el cautiverio de un ”analista.” Cuántos analistas no terminan haciendo su modus vivendi del análisis de "formandos" cautivos, reproduciendo con ello la cadena trans-generacional que aprisiona el poder trans-formador del análisis, lo transformador deviene formador: el análisis se vuelve parálisis. Ello construye una pareja perversa "formante-formando", y ya no una relación analizante-analizando.


La palabra del analizando, no puede ser sostenida por su analista, ni por la institución que lo "forma-avala". Sólo él puede sostener su palabra, o más aún, su palabra lo sostiene, lo sujeta. Esa es la única prueba de que alguien se analizó. Si el analizando es sorprendido por un nuevo discurso que lo habita, que se instaura y le ocurre casi con vergüenza, entonces una nueva experiencia ha ocurrido, y afortunadamente la misión ha muerto. El entonces, no es analista, en tanto el yo-analista no existe. El es simplemente un PORTADOR DE LA EXPERIENCIA DEL ANÁLISIS. Su palabra lo delata, resuena, transita de entraña a entraña y actúa como semillero de preguntas que prenden el deseo por repetir, en tanto repetición diferente, esa experiencia con otros.


El analizado puede ser reconocido, mas no autorizado, como analista por los otros. El analizado deviene analista en el instante en que su paciente da testimonio con su palabra de haber recibido esa experiencia. El es analista mientras dura el destello del fuego que incendia la carne con una interpretación. Quemaduras que en sus cicatrices asientan los pilares de un nuevo discurso. Sólo ese discurso podrá hablar del análisis de ese paciente. El analista, después de interpretar, no tiene nada que decir. El analista y suprestigio, no tienen nada que decir sobre el análisis de su paciente.


La experiencia del análisis nos permite mostrar con la palabra ese discurso instaurado o instaurándose, que habita al analizando. Es un viaje a un firmamento poético, siempre inasible, portador de un goce que se escurre como agua entre las redes de los significantes.


Hablar de la experiencia del análisis es de alguna forma desterrar el concepto de pase. En vez de PASAR AL CANDIDATO, -poniéndolo al servicio del saber como forma de dominación -, hay que DEJAR PASAR LA PALABRA A TRAVÉS DEL CANDIDATO. Acto en el que el analista se reconoce atravesado, el mismo, por una experiencia singular, por una palabra de la que no es el dueño.


Me parece que el asunto del mal llamado pase, mas que un asunto de autoridad es un asunto de autoría. No es cuestión ni de ser autorizado ni de autorizarse, sino de advenir autor de una poética que nos habita, y que al mismo tiempo nos es desconocida.


Si bien el análisis del candidato a psicoanalista constituye el eje de su mal llamada formación, la tarea de verificar la efectiva realización de ese proceso no sólo es una misión imposible, sino que inevitablemente deriva en una función de control que fomenta, paradójicamente, resistencias al análisis. La palabra misión viene del latín missio que significa acción de enviar, encargo, tarea encomendada. Esta misión verificadora tiene la supuesta intención de "enviara la sociedad analistas con una adecuada preparación". Esta labor misionera, cuando se aplica al psicoanálisis, decanta en una nueva y moderna religión llamada cientificismo, en tanto que proviene de concepciones epistemológicas ajenas al psicoanálisis, y propias de otras disciplinas como la medicina y la psicología. Esta extrapolación de practicas clínicas diferentes, acaba por producir todo tipo de engendros teóricos dentro del campo del psicoanálisis, en un siempre fallido intento por disolver las resistencias al análisis, que por cierto, están mas acentuadas en los candidatos a analistas, que en los pacientes que no tienen la intención de practicar la clínica psicoanalítica. Esa producción teórica es un tabique más en una pared que intenta tapar el concepto freudiano de inconciente.


Es un saber tapaboca, teorías-fármaco, que matan con su adormecimiento la promesa que nace de la angustia del candidato. Estas pseudoteorías, son las serpientes de una cabeza de Medusa, en un cuerpo teórico-clínico que no logra asumir la revolución freudiana. Revolución que tendría que producir la castración simbólica de los que pretenden encarnar el saber como nuevo modelo de dominación. Combatir este vasallaje moderno -trueque de los antiguos títulos nobiliarios por los modernos títulos universitarios-, implica cambiar la palabra del poder por el poder de la palabra.



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