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  • Alejandro Salamonovitz

UN CUERPO EN BUSCA DE AUTOR.

México DF, al 24 de noviembre del 2012


La palabra migrar viene del verbo migrare, cuya raíz indoeuropea es mei, y significa cambiar de residencia, moverse. Pero la palabra cambiar, a su vez tiene que ver con mutare de mutación.


Reflexionar en torno a las enfermedades somáticas en relación con el psicoanálisis, me llevo a pensar en "el cuerpo en el diván", se me impuso una escena teatral en la que un psicoanalista se está mudando de consultorio y los cargadores van acomodando los muebles, al final entran los trabajadores cargando un cuerpo inerte dentro de un saco y preguntan: ¿y esto donde va doctor? La respuesta es: el cuerpo en el diván.


Si bien no soy aficionado al teatro, hasta aquí vengo sintiendo la presenscia de tres obras: La mudanza de Vicente Leñero, Muertos sin sepultura de Jean Paul Sartre y en el título de este escrito "Un cuerpo en busca de autor " resuena la obra maestra de Luigi Pirandello* llamada “Seis personajes en busca de autor”.


La presencia de un discurso que se hace público por parte de un analista es de alguna forma un tránsito de lo interno a lo externo. De eso interno privado que transcurre en el análisis a lo público. De lo contrario no es otra cosa que un academicismo estéril. Es en este sentido que me interrogan mis múltiples asociaciones a la escena teatral cuando el tema es el de las afecciones somáticas.


La escena de un cadáver en el diván, un cuerpo no sepultado, alude al tema de la melancolía en Freud. El enfermo somático es habitado por dos cuerpos: uno vivo y otro muerto. El cuerpo vivo es el cuerpo neurótico que padece la palabra encarnada, palabra hecha síntoma, dolor del que se quiere hablar y para lo cual el analizante convoca a un analista que supone porta un saber sobre su sufrimiento. Pero hay otro cuerpo que está impregnado de silencio mortífero. El paciente somátizante -en oposición a analizante- deposita su órgano enfermo en el diván a manera de bulto. De eso no se habla, eso no le afecta. Ese cuerpo otro en el que no se reconoce es un cuerpo libre de conflicto, es un cuerpo que descansa en paz. Entendemos con Eero Rechardt que la pulsión de muerte es una lucha activa permanente y obstinada, por recuperar un estado de paz conocido anteriormente. El paciente " somatizante " hace de su cuerpo un mausoleo en el que reina la pulsión de muerte antes de tiempo. Mientras que el melancólico alberga en su cuerpo a los muertos sin sepultura, el somatizante hace de su cuerpo un lugar de sepultura de órganos.


Rodeados por una cultura medicalizada que cada vez sabe o dice saber más de nuestros cuerpos, vamos siendo colonizados por una serie de teorías que hablan de un cuerpo privado –en el sentido de privación- de su deseo. El cuerpo de la medicina esta despojado del deseo, no tiene autor ya que es una teoría universal que lo hace callar, lo hace silencio porque sabe todo sobre el. ¿Qué caso tiene hablarle a otro que ya lo sabe todo sobre el cuerpo? Eso cuerpo mudo en un mundo de sordos, es el cuerpo de la medicina moderna que descansa en paz como bulto en el diván.


Hoy en día asistimos a un trágico espectáculo en el que frente a un conflicto que aparece como insoportable, sin salida, el sujeto se enferma. El cuerpo somatizante es una máquina que extermina conflictos a través de la enfermedad. Pero, ¿por qué los conflictos ya no tienen salida? ¿Qué ocurre en la cultura contemporánea que cada vez es más difícil encontrar otra salida al conflicto que no sea la enfermedad? ¿Acaso la respuesta tiene que ver con el hecho de que las artes agoniza en nuestra cultura? El arte es una forma de decir lo insoportable. Sólo el arte nos permite decir y escuchar las verdades más horrendas del ser humano. Es en este sentido que el arte es ese lenguaje que va contra la barbarie. Es la fuerza que busca apalabrar el crimen para dejar de ser criminales. El arte es al menos una manera de salir de un conflicto sin salida. El arte transgrede la realidad objetiva realizando un deseo irrealizable, hace posible lo imposible. El arte es pues una manera de salir del conflicto sin recurrir a la muerte biológica. Es una manera de morir pero en otro lugar que no es cuerpo biológico. Es morirse de hablar, es morirse de risa o de tristeza. Es un más allá del conflicto y no el fin del conflicto.


Pero, ¿y porqué el teatro entre las artes? La palabra teatro, en sus etimologías griegas, puede ser descompuesta en dos palabras: theásthai; mirar, observar, ver y que es la misma raíz de la palabra teoría, y la partícula

tron que es medio de o instrumento. Resulta que el teatro es un instrumento para ver, para hacer teoría. Podríamos agregar: un medio para hacer palabra. El teatro no es una teoría sino una máquina de hacer teoría, y en eso se parece mucho al psicoanálisis. Mientras que la teoría hecha, terminada es letra muerta que silencia al cuerpo del que habla, el teatro del cuerpo es letra viva, lugar de conflicto, deseo, ganas de hablar, es poesía que encarna robándole el cuerpo a la biología para hacerlo carne de neurosis, histeria de conversión. El teatro es la fiesta del cuerpo, el elogio de la histeria, es homenaje, conmemoración del nacimiento del sujeto humano.


El paciente somatizante es aquel que ha dejado fuera del escenario una parte de su cuerpo. Esa parte no juega a hablar, no esta en la obra , out of the play diríamos en inglés, donde play significa obra y juego a la vez. Hay algo del lenguaje que no toca ese trozo de carne, no lo afecta. El paciente somatizante está desafectivizado, como si eso que le pasa no le pasara a él. Algo no pasa, no fluye, queda fuera, queda excluído de los juegos del decir. No hay afecto porque eso no le afecta. Es como cuando un niño escucha algo que no le parece dice: eso no me afecta, me vale. Pero, ¿qué significa que la palabra de otro no nos afecte, no nos importe? Significa que ese otro no es un campo transferencial, es decir, a ese otro no le asigno un supuesto saber. La palabra del otro no tiene ningún poder, ninguna autoridad. No darle autoridad a la palabra es no autorizarla. Autorizar tiene las etimologías auctor que es autor o creador y la partícula –izare que significa hacer que sea. Autorizar es hacer que sea autor. Y nos preguntamos, ¿de dónde viene esa palabra desautorizada, esa desautorización de la palabra, en el paciente somatizante? Viene de donde viene la lengua, la ley del hablante, es decir, de la función paterna. Pero de un padre desautorizado que por ello no logra engendrarle autoría al hijo.


En 1938 nos dice Lacan en su obra “Los Complejos Familiares”, que el nacimiento del psicoanálisis se debe a un declinamiento, una decadencia social de la imago del padre. Philippe Julián afirma en el seminario de 1990 sobre “La función paterna”, que tanto historiadores, sociólogos y psicólogos están de acuerdo en constatar la declinación social pública de la imago del padre. Y agrega, ¿qué es ser padre? Cualquiera sea la respuesta que ustedes den, se verán llevados a constatar una declinación. Cualquiera sea la definición de ser padre, eso corresponde hoy a un borramiento específico. Y ahora yo me pregunto, ¿cuál es el estado de esa declinación de la imago paterna en el siglo XXI? ¿Qué ocurrió con los hijos y los nietos de esos neuróticos producto de la falla de la función paterna? Lo que fue un debilitamiento de la función paterna en el siglo pasado, en este siglo ha decantado en un borramiento, una desautorización de la palabra del padre. No estamos diciendo que no hay ley,no estamos hablando de forclusión sino de que la ley fue borrada, ignorada, burlada, ridiculizada, es decir, desautorizada. Es una ley sin autor, fría, sádica, que al alejarse tanto de la justicia, muestra su cara perversa.


Queremos plantear la hipótesis de que el paciente somatizante es efecto del borramiento de la ley, de la desautorización de la función paterna, de su imposibilidad de apropiarse de una palabra autorizada que le permita a su vez volverse autor, creador de su propio discurso. Creemos que hay algo que tiene que ver con la perversión en el paciente somático. La enorme pobreza simbólica de los actos perversos, su carácter repetitivo y poco creativo, no deja de resonar con la raquítica simbolización que acompaña a la enfermedad somática. Contrasta con ello la riqueza metafórica de la histeria conversiva, que lejos de hacer del cuerpo un camposanto que vive en paz hace de su piel tierra de conflicto en la que cada centímetro es un frente de batalla en el que el deseo se juega entre la vida y la muerte. Tanto en el perverso como en el paciente somatizante, podemos ver el sello de la pulsión de muerte. Ella reina como un goce que a todos deslumbra, y sin embargo, carece de autor. Reminisenscia del paraíso perdido, vuelta al vientre materno, ahí donde la palabra del padre fue desautorizada.


El enfermo somático no es el perverso sino el hijo de la perversión. Porta un pedazo de cuerpo que le es ajeno y sobre el cual el no goza, el no es su autor. Es un trozo de víscera sin palabra, carne sin ley abandonada en su orfandad, que hoy duerme en las aguas de la biología. Este cuerpo sin ley, palabra borrada, desautorizada, castración renegada que vuelve como órgano enfermo, Superman paradójicamente paralizado, es efecto de un padre sin la autoridad para enseñarle a escribir a su hijo, como en El libro de cabecera de Greenaway, la letra que va en el cuerpo.


El enfermo somático es ese bebé maravilloso que Freud llamó “His majesty the baby”, pero arrojado a la orfandad. ¿Se imaginan que trágica figura es un bebé huérfano arrojado al desamparo? Mientras que en la neurosis se está excluído del deseo de la madre, en la enfermedad somática se está excluido de la palabra del padre. En el primero se prohibe a la madre. En el segundo se prohibe prohibir, como si la palabra pasara a ser exclusiva de otros, mercancía, propiedad privada. En tanto se le dice al niño inmerso en el Edipo “esta es mi mujer”, al niño huérfano de padre se le dice “esta es mi palabra”. La palabra pasa a ser propiedad privada, esa es la perversión que le roba el cuerpo al hijo al negarle la palabra. El es privado de la herramienta para hacer sus propias teorías, sus teatros del cuerpo. La palabra se vuelve imposición, dominación, hace silencio y opera como prótesis, fetiche presencia incuestionable y ya no ausencia nostálgica. La privatización de la palabra es algo tan absurdo como el deseo en cautiverio, es el abominable engendro de un lenguaje sin poesía, de una carne sin sujeto. Es privar al cuerpo de un autor.


México DF, al 20 de Noviembre del 2009.


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